La Comunicación Mundo

Les copio este bello artículo que ha escrito por Nelson Rivera para el Papel literario del Nacional sobre el último libro de mi papá.

El brío Pasquali
Nelson Rivera
Nueve vibrantes ensayos articulan La comunicación mundo, el más reciente libro de Antonio Pasquali (1929), publicado en España. Imposible confinarlos a una clasificación: cargados de datos, tendencias y conceptos, de ellos puede decirse que son piezas, prismas para pensar la condición humana proyectada hacia el tiempo por venir. La comunicación mundo es el libro de un gran maestro venezolano, de un pensador de trayectorias incalculables
Sin calistenia, casi sin señales que adviertan sobre lo que viene, en cierto modo inesperado, apenas a unas líneas del punto de inicio, de repente, el lector se ve en medio del brío Pasquali. ¿Qué es esto del brío Pasquali? Una experiencia de lectura. Quiero decir más: una experiencia electromagnética.

Y aunque el propósito de desagregar los factores constitutivos de esa masa en movimiento que es la prosa de Antonio Pasquali luzca desaconsejable (no es posible desagregar los componentes de un pensamiento en curso), de todos modos lo intentaré, estimulado por mi deseo de compartir el goce continuo que ha sido leer La comunicación mundo.

El lector se encontrará con esto: un pensador también en estado de goce. Que paladea cada palabra. Que plasma cada frase a sus textos como quien añade un ingrediente a un plato primoroso (me han contado que Pasquali tiene una parte de su alma en el paladar). Y que elabora (cocina) una escritura abierta a muchas facultades simultáneas: capaz de portar marcos de pensamiento (Pasquali parte de la filosofía: su travesía se refiere a asuntos que debaten la condición del hombre), pero a un mismo tiempo (insisto: la simultaneidad es su signo autoral), dispuesta a cargarse de datos, de fenómenos (en Pasquali hay una asombrosa conexión con lo real, tanto así, que uno puede imaginarlo al pie de la imprenta, amargando la rutina del editor, sustituyendo un dato reciente por otro de último minuto).

A este pensamiento cuyo arco va, por ejemplo, del pensar filosófico al factor estadístico (como si esto no fuese por sí mismo expresión de un considerable vigor intelectual), hay que añadirle dos nuevas dimensiones, un múltiple arco de tiempo, donde lo antiguo (lo que tiene la falsa apariencia de lo remoto o lo obsoleto) se proyecta hacia el futuro, a menudo por los caminos menos obvios, pero bajo esta premisa: materializado en la construcción precisa, en los elocuentes giros de la lengua, en los cambios de velocidad, en la rigurosa ejecución con que Pasquali expone sus ideas.

¿Qué hace, según creo, que esta colección de ensayos mantenga sin declive, su condición palpitante? ¿De dónde su brío? Que el de Pasquali es un pensamiento en-curso, proyectado a lo por-venir. Un pensamiento en desasosiego.

Ajeno a lo extático. Tendido al horizonte. Afiliado, en abrazo irreversible, a las realidades en gestación (eludo aquí la fórmula “nuevas realidades”, porque ya instauradas, ellas adquieren el estatuto de realidades a punto de ser desplazadas). El mundo de cosas al que Pasquali le sigue la pista se mueve, se despliega, se escapa, se disemina, se acelera.

Muta. Desaparece y reaparece. Y ante esa compleja explosión de fenómenos, es decir, ante la múltiple condición del presente, Pasquali nos propone un mirador. Un lugar para experimentar y pensar el mundo.

La comunicación como plataforma Pasquali lo propone, en escueto enunciado, en el prefacio del libro (“disponemos de un sólido asidero gnoseológico para asumir que todo lo humano puede e incluso debiera ser pensado, inter alia, en clave comunicacional”). Lo demuestra en la estructura y despliegue de los ensayos, donde los hechos se redimensionan como los hilos de su extenso tejido conceptual. Lo proyecta en la briosa atmósfera que persuade al lector mientras lee la sucesión de ensayos: la comunicación podría ser la plataforma necesaria, el episteme desde el cual pensar el mundo y la condición humana ahora y hacia los próximos tiempos.

El ensayo que inaugura el libro, “Los códigos”, es una admirable reflexión que se inserta en dos momentos milagrosos de la civilización: la creación del código alfabético lineal fenicio en el siglo XII a.C.

(la estructura analógica con la que la buena parte de la Humanidad ha vivido por más de tres milenios), y el código digito binario que, vislumbrado en el siglo XIX, explotó en Pennsylvania en 1946, en la forma de una enorme máquina computadora (la primera, que ocupaba una superficie de 170 metros cuadrados) que se convertiría en el momento fundacional de una era que recién comienza (la era binaria-digital, algorítmica y onmi-denotativa), cuyas consecuencias y durabilidad son quizás uno de los más grandes desafíos a la capacidad del hombre de mirar hacia su propio horizonte (arriesgaré lo siguiente: “Los códigos” podría resultar el botón de encendido de un pensamiento, su base histórica y prospectiva, histórica y social, gnoseológica y emocional, que en lo sucesivo podría incursionar en los enormes desafíos –a veces abrumadores– del tercer milenio; en mi opinión, La comunicación mundo es el libro de un gran maestro venezolano, de un pensador de trayectorias incalculables, que nos ofrece una masa de datos y reflexiones, desde la que otros investigadores y ensayistas podrían despegar hacia nuevos objetivos de investigación).

Y es menester que me detenga aquí para consignar una poderosa corriente que impregna cada línea de la escritura de Pasquali: un hombre para el que pensar es indisociable de admirar.

En el reverso del crítico, en el impulso del hombre siempre a punto de deslizar la puntilla irónica, está el apasionado que celebra los cambios del mundo, la persona de vocación planetaria, el cosmopolita que al tiempo que disecciona, canta (diré más: en Pasquali está vivo un bien escaso: un fondo de esperanza, una convicción fundada en criterios de razonabilidad, que apuntan a la comunicación como el agente axial que podría estimular y proteger las libertades democráticas: un mundo donde receptores y emisores podrían establecer una correlación más fructífera).

La era exaflop Cuando Pasquali nos propone imaginar el volumen de información que cada quien podrá almacenar (“Nuestra capacidad de almacenamiento casero, ya del orden de los terabytes, llegará en poco tiempo a los peta y algún a los exabyte (un millón y un millardo de Gb), lo que nos permitirá almacenar en un rincón del disco duro toda la Cinemateca de Francia junto con millones de libros, fotos y discos”); cuando nos maravilla, contrariando el corporativismo de la institución educativa, que “no está lejos el día en que una nueva ciencia del hombre –en la que confluirán Educación, Comunicación Social, Bibliotecología, Informática y otras disciplinas– se especialice en procesos de transmisión/ recepción de conocimientos, datos, valores, criterios, estilos y experiencias en general, en la cual la distinción entre enseñar y ser comunicador social perderá sentido por tratarse de procesos idénticos”; cuando, al culminar el ensayo titulado “La ciudad” (que en su sección introductoria nos recuerda los lazos indestructibles que anudan la ciudad a la utopía), nos devuelve a la virtud esencial que debe alcanzar una ciudad para hacer posible las otras artes de la convivencia (“Pero su primera necesidad infraestructural, condición sine qua non para que florezca todo lo demás, es la de recoser y empatar sus arterias, venas y capilares, reconectar las miles de desconexiones viales de hoy hasta re-democratizar el entero tablero urbano con fórmula hipodámica: todo el mundo con derecho a una calle de calidad, toda calle abierta a todas las demás”); cuando en un ensayo de lectura impostergable en la Venezuela de hoy, Libertad de comunicar, argumenta en secuencia impecable que de la noción –la consideración, la defensa– de la libertad de expresión debemos dar el salto a la libertad de comunicación (“Antes de ser un postulado práctico de la comunicación [su desiderátum deontológico], incluso antes de ser baluarte, razón de ser y conocer la democracia –su rol político– la libertad de comunicarse y de expresarse es la ontológica condición sine qua non de una sana relacionalidad humana, de una convivencia en reciprocidad dialogal con el otro, de una concordia intersubjetiva: nuestro nihil obstat para ingresar a la dimensión antropológica, al rango de Animal político”); cuando interroga al hombre y a su condición en estos cuatro ejemplos, Pasquali persiste en la pregunta que moviliza su libro, del primero al ensayo de cierre: se pregunta por la capacidad humana y civilizatoria de democratizar los espacios y las relaciones que conviven en el mundo.

Llega el momento de cerrar estas notas y, según me parece, todavía quedan muchas cosas por decir de este libro peculiarísimo en el contexto venezolano. Una de ellas se levanta como categoría de lo imprescindible: en su telón de fondo, La comunicación mundo es un muy cohesionado estudio de la potencia del hombre contemporáneo. Su vocación, su espíritu, mira hacia adelante. Ajeno a cualquier atajo, Pasquali asume la ardua tarea de conectar los hechos con visiones e ideas de larga proyección. En el topógrafo también coinciden el filósofo, el sociólogo, el estudioso de la historia, el perseguidor de data, el individuo con los ojos abiertos al mundo, el irónico que rechaza la comodidad de una variopinta gama de pensamientos.

He leído a Pasquali con un sentimiento creciente de fascinación. No dudo al instante de afirmar esto: se trata de una brillante mente venezolana. Y, cuando recuerdo las horas que pasé leyendo su libro, y cuando me percato del eco que sus ideas me han producido, me pregunto si hemos puesto en circulación el reconocimiento que su obra merece.