Etta James

Ha muerto Etta James y con ella se va una voz desgarradora, penetrante. Un símbolo de una época de grandes de la música que en ocasiones transitaron por la vida en un entrar y salir de  casas discográficas, bares de jazz, drogas, torbellinos personales y alcohol. Etta James fue una de estas. Y a pesar o incluso justamente por vivir en un balancín, su voz conservó siempre su capacidad de conectar con los sentimientos mas profundos,

De ella les había escrito hace ya algún tiempo (https://www.paolapasquali.com/?p=429). Hoy aprovecho para dejar otra huella. Gracias, Leo, por mandarme esta canción.

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OBITUARIO
Etta James, la fiera nunca domada
La cantante, paradigma de las glorias y las miserias de la música negra, mantuvo su dignidad hasta el final, en una carrera que incluyó ‘blues’, jazz y ‘soul’
DIEGO A. MANRIQUE 21/01/2012
El País

Etta James, que falleció ayer en un hospital de Los Ángeles víctima de leucemia, era la proverbial dama de armas tomar. En 2009, arremetía contra Barack Obama, que prefirió llamar a Beyoncé Knowles para las celebraciones de su toma de posesión en Washington. El presidente y su esposa bailaron acaramelados con At last, uno de los grandes éxitos de Etta, pero cantado por Beyoncé.

Otra suplantación más, que dolía por venir de quien se suponía lo bastante sensible para evitar esos deslices. Llovía sobre mojado, dado que Etta James había sido encarnada por Beyoncé en la película Cadillac Records, un retrato de la discográfica Chess que se tomaba muchas libertades con la historia real de Etta. Su indignación resultaba comprensible: Beyoncé, el modelo fashion de feminidad negra, se llevaba toda la atención mientras ella, la original, solo podía actuar en locales modestos.

Y es que Etta James siguió trabajando hasta que su cuerpo dijo basta, debilitado por la leucemia y el alzhéimer. En noviembre, Verve / Universal publicó The dreamer, un disco de soul sorprendentemente robusto, y no digamos para tratarse de una cantante de 73 años. La jubilación nunca fue una opción para artistas como Etta James, que no componían y que no recibieron suficiente compensación de muchas de las discográficas que contaron con sus servicios.

Paradigma de las glorias y miserias de la música negra, Jamesetta Hawkins nació en Los Ángeles en 1938. Nunca conoció a su padre, posiblemente blanco (ella sospechaba que pudo ser Minnesota Fats, un maestro del billar inmortalizado en la película El buscavidas). Educada musicalmente en la Iglesia baptista, era menor de edad cuando llamó la atención de Johnny Otis, otro extraordinario buscavidas, que la lanzó con una canción lujuriosa, Roll with me Henry, púdicamente rebautizada en la galleta del disco como The wallflower.

Tuvo más éxitos considerables durante la segunda mitad de los años cincuenta, pero su visibilidad aumentó en 1960, cuando fichó para el sello Chess, en Chicago. Leonard Chess la vio como vocalista de amplio espectro y la hizo grabar desde baladas empapadas de violines (Trust in me o la citada At last) hasta sesiones de jazz, aparte de un incendiario directo, Etta James rocks the house. Con la eclosión del soul a mediados de los sesenta, Etta pudo sacar al aire todos sus recursos de mujer brava y lenguaraz. Fascinó al gran público con Tell mama y la dolorida I’d rather go blind, ambas grabadas en 1967 con los músicos blancos de Muscle Shoals, en Alabama.

Todo se torció poco después. La muerte de Leonard Chess provocó la decadencia de su compañía, incapaz de proporcionar el impulso que necesitaba Etta. Aún peor: ella, que había flirteado con muchas drogas, se convirtió en heroinómana. Los años, las décadas, se fundieron en un vertiginoso carrusel de malas compañías, detenciones, condenas, intentos de desintoxicación. Aunque también hubo discos con admiradores como el productor Jerry Wexler, responsable del potente Deep in the night.

Pudo equivocarse a la hora de escoger amantes, pero Etta nunca desperdició sus poderes: durante su época dura, el redactor de estas líneas acudió a verla a un pequeño restaurante del downtown de Los Ángeles. En un escenario mínimo, con una banda elemental, dio cumplida cuenta de sus clásicos… y desapareció nada más cobrar, a pesar de que había accedido a una entrevista.

Con la ayuda del experto David Ritz, explicó sus altibajos vitales en una descarnada autobiografía, Rage to survive: the Etta James story (1995) . Se podía permitir la sinceridad, ya que su carrera se volvió a enderezar a finales de los ochenta. No pudo tomar el puesto de Janis Joplin, como fantaseaban algunos productores, pero facturó discos espléndidos en Island y Private Music. Solucionó elegantemente caprichos -o encargos- como Mistery lady, colección de piezas identificadas con Billie Holiday, y Christmas, canciones navideñas.

La reedición de su material clásico, en antologías del calibre de R & B dynamite o The Chess box, ayudó a situarla históricamente. Había en ella un descaro natural, que explica tanto sus andanadas contra Obama y Beyoncé, como las audacias en su repertorio. Para consternación de sus doctores, su reciente disco contenía odas al alcohol y al tabaco, aparte de una insospechada versión de Welcome to the jungle, de Guns N’ Roses.

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