La Metamorfosis según Aronofsky


Egon Schiele: Mutter und tochter

«Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco.»


Si tuviera que condensar el porque me gustó “Cisne negro” (2010), la última película de Aronofsky , diría que es porque no hay nada nuevo en su planteamiento: es una reinterpretación de uno de los mas bellos mitos de la mitología griega, el mito de Perséfones.
Usando como escenografía el emblemático Lincoln Center, el director de indudable inclinación junguiana nos lleva de la mano en un tránsito frenético, donde se pierde de momentos la noción del tiempo. Trata de la intensa vida de una artista, Nina, que lucha entre la pureza de su técnica y el manejo expresivo de su arte. Conflicto, por lo visto, frecuente  entre los artistas.
Al ser escogida entre las candidatas para el rol principal, Nina se presenta maquillada a la oficina del director y pide ser seleccionada para el rol principal: comete  el pecado de hubris, sellando así su destino.
Su virginidad se perderá al descender al Hades (la discoteca en esta película) y su retorno al inframundo e inicio de su metamorfosis ocurrirá, tal y como reza el mito de Persefones, al ingerir el alimento que allí se le ofrece. Los tres granos de granada del mito original se presentan en la película en forma de una pastilla de éxtasis.
La lucha con su sombra la llevan al final de la película: solamente con la muerte ocurrirá la transformación.
La madre de Nina (Kore) es una Demeter que insiste en mantener su hija en una eterna infancia, mientras el director del ballet , Thomas (Hades) se encargará de que el tránsito de la pubertad a la madurez se lleve a cabo.
La autodestrucción del personaje a través de la anorexia y sus pequeñas mutilaciones con las tijeras, el rascado hasta sangrar, son parte de un personaje que lucha por una perfección imposible.
Su metamorfosis a cisne negro es parte de los efectos alucinantes de esta puesta en escena: es una Dafne que emana aroma de laurel,  una Aracne subiendo por una tela recién tejida,…
Se las recomiendo.
Les copio el comentario que aparece el día de hoy en el País y escrito por Elvira Lindo.

Pasar miedo
Elvira Lindo 13/03/2011
Hablaba desnuda frente al espejo mientras se secaba el pelo. Llamaba la atención el desparpajo con el que durante tanto rato se exhibía sin ropa. Lo habitual es que la desnudez dure lo que dura el camino del casillero a la ducha o ese minuto que se emplea en untarse una hidratante y ponerse la ropa interior. Así la vi muchos días, enfrascada en una conversación con alguien que, pensé, debía surgir de un pequeño auricular encajado en su oído. No me pareció extraño, de la misma manera que ya no provocan asombro las personas que hablan solas por la calle. Al paseante que habla y gesticula mientras camina se le excusa la extravagancia imaginando que se trata de una conversación telefónica, real. Tal vez algún día pruebe a colocarme un auricular con un cable visible que termine en el bolsillo. Sin teléfono, claro. Quiero experimentar lo que sienten los habladores solitarios, los verdaderos, los que rumian su vida por la calle. Ya supe cómo era aquello de cantar a la intemperie. Puse un día mi pie en Central Park, busqué en el iPod el rastro de mis canciones favoritas y eché a andar cantando como si estuviera inmersa en un musical, ese mundo en el que a veces nos gustaría vivir. Andaba yo tan satisfecha con mi proeza cuando se me cruzaron varios corredores tarareando alguna de esas canciones que estimulan la marcha. Cantar moviéndose no tiene mérito, pensé; para lo que hay que tener agallas es para detenerse y componer una escena. Y cuál no sería mi sorpresa cuando encima de una roca o bajo la copa de un árbol encontré a hombres jóvenes y solitarios declamando un monólogo. Actores. ¿Cómo no va a ser esta tierra la cuna de la interpretación? En Nueva York, el listón de la extravagancia está tan alto que una española como yo, nacida en el país que inventó eso que se llama “la vergüenza ajena”, tiene poco que hacer. En esta nación de pioneros, los verdaderos trastornados, los que padecen un hondo sufrimiento interior, pasan a menudo desapercibidos. Tanto, que me costó descubrir que aquella belleza que veía en el gimnasio conversando ante el espejo no hablaba con nadie. Con nadie real, quiero decir. Una mañana, después de mis ejercicios, me senté en una colchoneta para mirar un rato la clase de danza contemporánea. Tras la cristalera, con el sonido de la música amortiguado, veía bailar a esas treinta personas que de manera rápida, admirable, atendían a cualquier gesto del profesor. Entre ellas estaba la habladora solitaria, concentrada en el baile, sonriendo para sí misma, sin ninguna interacción con sus compañeros. Un día, mientras me duchaba, escuché un llanto. El llanto surgía de otra ducha. Al llanto le siguieron gritos llenos de reproches, de desesperación. Arropada con la toalla, salí al pasillo y allí me encontré con otras mujeres que habían hecho lo mismo. Nos miramos y miramos la última ducha de la que procedía aquella especie de guerra de una sola combatiente. Alguien preguntó en voz baja: “¿qué hacemos?”. De pronto, el sonido del agua cesó. La bailarina salió y sin mirarnos, sin reparar siquiera en nuestra presencia, se marchó desnuda hacia el espejo donde habría de conversar como todos los días. El trastorno, cuando es verdadero, da miedo. En realidad, es un miedo a uno mismo, a que la persona cuerda que creemos ser nos abandone dejándonos en manos de la locura. Pienso en la desdichada bailarina de mi gimnasio cuando en los cines Lincoln, los que están frente al Lincoln Center, veo la película The black swan (El cisne negro). Todo en el paisaje de la historia es familiar para mí, y seguramente para el resto de espectadores, porque estamos en el barrio, el Upper West, que enmarca las idas y venidas de la bailarina torturada. Mi barrio. La misma parada de metro que tantas veces he tomado para subir a casa después de un concierto y de la pizza obligada en Fiorello; el mismo entorno que se vuelve de pronto amenazante tras haberlo visto a través de los ojos trastornados de Nina, la bailarina que encarna Natalie Portman. Nunca, repito, nunca he visto una entrega semejante de una actriz a un papel. Nunca una interpretación tan comprometida. Nunca he asistido a una representación del terror interior como en esta historia. No sé si con otra actriz hubiera sido convincente. Pero ver trabajar a Natalie Portman aquí es percibir cómo el conseguir la excelencia en ese oficio, el de actriz, está reservado solo a unas cuantas personas que al don con el que nacieron unen un espíritu concienzudo en extremo. Estoy convencida de que algunos padres habrán visto en Nina, la bailarina que busca obsesivamente la perfección, a sus propios hijos, adolescentes brillantes que convirtieron su afán de superación en una patología; cómo creyeron perderlos, cómo los sintieron perdidos en un tenebroso viaje interior. De camino al metro intento contrarrestar el escalofrío que me provoca el recuerdo de Nina con esa otra Natalie Portman que apareció en los Oscar, gloriosa, embarazada, sonriente. Nada que ver con la muchacha frágil que vomita todo lo que come. Pero al darme cuenta de que tendré que bajarme en la 103, la misma parada cutre y sombría de la que Nina se apea a diario, levanto la mano y tomo un taxi. Qué poco saben del miedo los que nunca lo pasan.