Los objetos extraviados

 

Maletas y cajas de istrianos presentadas en la exposición " La Trieste de Magris", CCCB, Barcelona

El periódico de  ayer está lleno de descubrimientos de objetos perdidos. Es como una suerte de juego en la que el lector tiene que encontrar en los artículos alli publicados cual es el objeto oculto. Una caja de sorpresas.

 

El el artículo de Antonio Muñoz Molina (“Novela negra de Granada“)  el autor hace la reseña de un libro titulado “Miedo, olvido y fantasía. Crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca (1955-1956)“( Comares. Granada, 2009. 800 páginas. 37 euros).  Es una narración de los últimos días del poeta Federico García Lorca y basada en los documentos hallados en la maleta de Agustín Penón.  Fotos, apuntes, documentos que fueron recolectados meticulosamente para un libro cuya escritura fue siempre pospuesta.

Otra maleta llena de historia como la del titiritero ( https://www.paolapasquali.com/?p=564) o la famosa maleta mexicana (https://www.paolapasquali.com/?p=1399) o la de Friedl Dicker-Braudeis o la maleta de Irene Nemirosvky (https://www.paolapasquali.com/?p=1702).

Otros objetos perdidos no están en maletas sino en alguna caja de seguridad de un banco de Zúrich y Tel Aviv, donde se esconden dibujos inéditos de Kafka, que sobrevivieron a la destrucción gracias a Max Brod pero desafortunadamente  terminando en las manos  de sus actuales dueñas

Finalmente, el fotograma inédito de “El gran dictador” de Chaplin encontrado entre los más de 5.000 folios que existen y que están conservados en Bolonia.

Son objetos detrás de los cuales viene pegada una gran historia. Les copio los tres artículos para que los descubran ustedes mismos.

REPORTAJE: IDA Y VUELTA

Agustín Penón (Barcelona, 1920-San José de Costa Rica, 1976), en una imagen del documental La maleta de Penón, de TVE.

Novela negra de Granada

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 09/07/2011

 

En las novelas policiales una voz lleva a otra, la solución parcial de un enigma lleva a otro enigma, hasta llegar al enigma final que suele ser el de una muerte. Algunas veces con los libros sucede lo mismo. Un libro llega inesperadamente y cambia de golpe la dirección de las lecturas. Mi amigo Alfonso Alcalá, director de la Casa Museo García Lorca de Fuente Vaqueros, me mandó la investigación de Miguel Caballero sobre las trece últimas horas de la vida del poeta. Esa inmersión en la negrura del crimen me hizo dejar en suspenso cualquier otra lectura que tuviera entre manos para recobrar libros a los que no volvía hace tiempo, aunque esa muerte, y la obra y la vida de Lorca, están siempre muy presentes en mí, mezcladas al recuerdo de la ciudad a la que llegué treinta y ocho años justos después de su asesinato, y donde me quedé a vivir veinte años, el tiempo más largo que he pasado en ninguna parte.
A García Lorca uno no deja nunca de leerlo. En sus mejores versos hay una consistencia de pedernal indestructible, hecha de exactitud en la observación de las cosas y de temeridad visionaria que se vuelca con igual vehemencia en la celebración del amor y de la naturaleza que en la denuncia de lo injusto. Dice él mismo, en un soneto dedicado a Manuel de Falla: Álgebra limpia de serena frente, / disciplina y pasión de lo soñado. En un país donde cualquier efusión sentimental es considerada intelectualmente de mal tono, García Lorca se permitió en sus poemas amorosos un impudor de confesión en carne viva que nos sigue estremeciendo al cabo de tres cuartos de siglo. En la capital de provincia cerrada y hosca a la que volvía de Madrid con sus camisas de colores llamativos y sus ademanes fantasiosos aquella singularidad suya se debió de hacer aún más ofensiva cuando la agravó el éxito, a medida que la escalada de la tensión política alimentaba las formas más primitivas del odio. El drama del hombre que huye buscando refugio justo al lugar donde lo aguardarán para matarlo tiene algo de la fatalidad inexorable de un mito griego. He vuelto a seguir esos pasos de Lorca por los mismos libros que ya he manejado otras veces: el diario de Carlos Morla Lynch, la biografía de Ian Gibson. Pero sobre todo he leído con más sosiego y más atención un testimonio que ya es en sí mismo otro enigma, porque más que un libro es la conjetura o el proyecto de un libro que no llegó a existir: una maleta llena de páginas mecanografiadas, cuadernos de diario, copias de documentos, fotografías; una maleta que su dueño, Agustín Penón, llevó consigo en el barco que lo devolvía a Nueva York en 1956, después de más de un año de indagaciones sobre la muerte de Lorca en Granada y Madrid; que permaneció intocada durante más de veinte años, mientras ese hombre, distraído en otras obligaciones, postergaba el momento de ponerse a trabajar en su libro, quizás temeroso de hacer daño a los testigos que habían confiado en él y que seguían viviendo bajo la dictadura de Franco, quizás desalentado de antemano por la dificultad de una tarea que le parecería superior a sus fuerzas.
Uno va dejando para otro día sus mejores propósitos y de repente el tiempo se ha acabado. La maleta que había venido de Granada a Nueva York viajó con Agustín Penón de Nueva York a San José de Costa Rica. En su interior permanecían los testimonios escritos de muchas personas que ya estaban muertas o que habían perdido la memoria, las fotos en blanco y negro de un país cada vez más lejano en el pasado. Antes de morir, en una última tentativa de que no hubiera sido vana su búsqueda de tantos años atrás, Agustín Penón envió la maleta de vuelta a España, dejándola como herencia a su amigo William Layton. Hasta las cosas más frágiles duran más que las personas: el papel quebradizo de las fotografías, el de las copias en calco, la tinta de las máquinas de escribir. Como un tesoro de tiempo la maleta de Agustín Penón la abrió en los primeros años ochenta Ian Gibson, que hizo uso de ella para documentar los episodios finales de su biografía de Lorca. Y aunque el propio Gibson le dedicó luego un libro, pocas personas supieron de ese hombre y de su búsqueda hasta que la editorial Comares de Granada publicó en 2000, y luego en 2009, una edición de sus papeles al cuidado de Marta Osorio: Miedo, olvido y fantasía. Crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca (1955-1956).
Solo un trabajo filológico que no sé si está hecho permitirá conocer la naturaleza exacta de los materiales agrupados en el libro. Algunas veces se leen como entradas de diario, o como anotaciones rápidas hechas inmediatamente después de una conversación. En ocasiones la voz de la editora no acaba de distinguirse del relato original de Penón, y no estamos seguros de si todas sus notas las tomó en inglés, o de si han sido solo traducidas, y por quién, o también resumidas o arregladas de algún modo.
Sea como sea, el resultado es un libro que no se parece a ningún otro escrito sobre García Lorca. Agustín Penón, muerto hace tantos años, no recordado por nadie o por casi nadie, no acreditado por ningún título de erudición universitaria, viajó a Granada cuando la mayor parte de los amigos y de los enemigos del poeta estaban todavía vivos y lúcidos y cuando se respiraba todavía físicamente el terror de una represión que había tenido algo de meticulosa venganza social. Penón es el desconocido que llega haciendo preguntas a la pequeña ciudad en la que todos se conocen: el detective que ha venido para investigar uno de esos crímenes cometido en la claustrofobia de un recinto sin salida en el que las caras de todos los sospechosos son igualmente familiares. En Granada, a mediados de los años setenta, cuando yo me empeñaba en imaginarme a mí mismo como un escritor sin haber escrito apenas nada, leía a Raymond Chandler y a Dashiell Hammett e intuía en las noches de la ciudad la trama posible de una historia policial que la abarcaría entera, con sus callejones y sus barrancos, con sus zaguanes oscuros de viejas casas en ruinas, con sus periferias de bloques especulativos que arrasaban la Vega, con su castillo rojo en lo alto de una colina a la que se ascendía por un bosque.
Solo ahora, leyendo a Agustín Penón, me doy cuenta de que aquella novela negra había existido sin necesidad de ser inventada ni escrita, menos aún por mí. El crimen es simultáneamente la muerte de Lorca y la de los miles que cayeron asesinados al mismo tiempo que él: el detective es ese hombre joven con apellido español y pasaporte americano que llega a la ciudad en 1955 y tiene la misma perspicacia para intuir la verdad o la fantasía en lo que le cuentan y para comprender más hondamente que ningún otro biógrafo cómo fue Federico García Lorca. Qué triste que se muriera sin recibir ni rastro de la gratitud que merecía.
Miedo, olvido y fantasía. Crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca (1955-1956). Comares. Granada, 2009. 800 páginas. 37 euros. antoniomuñozmolina.es

REPORTAJE

La última bofetada de Chaplin al Führer

La filmoteca de Bolonia descubre un fotograma inédito de ‘El gran dictador’, su primer filme íntegramente sonoro

 

Fotograma inedito del "Gran Dictador"

 

 

LUCIA MAGI – Bolonia – 10/07/2011

Taberna Beer Garden, plano general. La cámara capta a Hynkel de espaldas, sentado encima de un barril. Las manos en el aire, está pontificando frente al gordo y tontorrón Herring, que será su ministro de Guerra, y a Garbitsch, afilado futuro titular de Propaganda. De repente, Hinkel se levanta. La cámara Dolly se acerca a sus nalgas, donde la madera ha dejado impresa la marca de la cerveza, dos pequeñas cruces. Él se mira y exclama entusiasta: “¡Qué bonita imagen para representar mi Imperio!”.Se trata de un extracto del guion que Charlie Chaplin escribió para El gran dictador. La escena representaba el nacimiento de aquel símbolo que parodia la esvástica nazi y atrapa en la ficción cinematográfica a los fanáticos de un régimen que pretendía dominar el mundo. La escena no aparece en la versión definitiva de 1940. Hasta hace una semana nadie sabía que el artista llegó a interpretarla en 1938. EL PAÍS publica en exclusiva la única foto del rodaje de esa escena, la última irreverente bofetada que Chaplin destina al Führer: su vacua retórica triunfante brota por casualidad una noche de borrachera.Es la primera película en la que el genio inglés utiliza integralmente el sonido, en la que escribe un guion con diálogos, movimientos de escena, focos y cámaras. Le costó tres años de trabajo intenso (de 1937 a 1940), 45 versiones distintas y una montaña de recortes, apuntes y castings. “Preparar un guión es como cultivar un árbol: lo riegas, lo abonas. Crece, crece y al final debes sacudirlo para que se caigan las hojas que sobran”, confesaba Chaplin a Jean Cocteau. Estaba acostumbrado a desarrollar sketches, a usar su instinto para dirigir o a acaparar la escena, no a trabajar de la forma organizada que le imponía el sonido. Por eso, la parodia del Tercer Reich constituye el apartado más voluminoso de su archivo.Chaplin fue un escrupuloso conservador de su obra. Todo lo que produjo hasta su muerte en 1977 pertenece a su familia, a la Asociación Chaplin de París, dirigida por su hija Josephine y su asistente Kate Guyonvarch. El material de 60 años de vida y cine -más de 130.000 archivos entre guiones, notas de rodaje, cartas, contratos, fotogramas y fotos- se conserva en Bolonia. Los estudiosos de la filmoteca municipal lo catalogan, restauran y digitalizan. “Lo ponemos a salvo”, dice Cecilia Cenciarelli, que coordina el proyecto[se puede consultar en línea: www.charliechaplinarchive.org]. “De El gran dictadortenemos más de 5.000 folios”. La semana pasada, Cenciarelli estaba preparando un congreso sobre la película y, buceando, encontró un negativo denominado Double cross.Lo reveló y entre sus manos apareció la escena de la taberna

La actriz Paulette Goddard durante el rodaje

Beer Garden, con el bautizo de aquella ideología fatal y megalómana en un barril de cerveza en lugar de una pila bautismal.”Ahora sabemos cómo a Chaplin se le ocurrió la parodia de la esvástica o, mejor dicho, cómo quería que se le ocurriera a Hitler-Hynkel: de forma frívola, casual. En inglés,double cross significa hacer un doble juego, engañar. De la misma manera que Herringsignifica arenque y Garbitsch suena como garbage (basura)”. Kevin Brownlow, el mayor experto de Chaplin del mundo, comentó emocionado el hallazgo: “Ni yo sabía que la escena había sido rodada. Significa que era crucial para él”.El historiador del cine -que dedicó un precioso documental a las afinidades entre Hitler y Charlot, que además de compartir bigotes y la fuerza escenográfica, también nacieron con solo cuatro días de distancia en abril de 1889- estaba en Bolonia para dar una charla sobre otra importante novedad en el universo Chaplin. Aunque este siempre se mostró riguroso a la hora de conservar y tutelar su obra, mientras rodaba El gran dictador un colaborador le robó bastante material. “En el set trabajaba un periodista”, cuenta Cenciarelli, corresponsal de la revista francesa Cinemonde, “que era un verdadero fetichista chapliniano, Robert Florey. De vez en cuando le sustraía unos recortes de cinta, negativos o fragmentos de guion que el director descartaba. Preparó un álbum que regaló a su redactor jefe y que los herederos interceptaron y lograron adquirir hace poco en una subasta de Christie’s”. De allí salió otro fragmento inédito de la estrella cómica: una página llena de indicaciones del director para la actriz Paulette Goddard.”Es la primera prueba escrita de cómo Chaplin dirigía a sus actores. Solíamos pensar que él mismo interpretaba la escena y luego pretendía de ellos nada más que una emulación suya. Ahora descubrimos que no siempre fue así”, concluye Cenciarelli.

CRÍTICA: EL LIBRO DE LA SEMANA

La “escritura privada” de Kafka

MAX 09/07/2011

El autor de El proceso no fue un dibujante tímido o dubitativo. Sus dibujos tienen agilidad, intención y nervio. La edición de 41 de ellos, acompañados de fragmentos de sus textos, lo presenta como un precursor de la estética futurista.Goethe, Victor Hugo, William Blake, Lewis Carroll, García Lorca, Dino Buzzati, Bruno Schulz… Todos ellos han tenido algo en común además de ser escritores: también fueron dibujantes. El caso de los escritores que dibujan, menos excepcional de lo que a primera vista pudiera parecer, solo ha empezado a merecer cierta atención en años recientes gracias a exposiciones o a libros como Y además saben pintar: escritores, creadores de palabras, creadores de imágenes, de Donald Friedman (Maeva, 2007). Es aún poco sabido, sin embargo, que uno de los escritores más influyentes del siglo XX, el que probablemente mejor supo expresar a través de la escritura la angustia consustancial a su tiempo, también dibujaba. Kafka expresó en muchas ocasiones y a diferentes personas su pasión por el dibujo, y al parecer nunca dejó de practicarlo. Pero también comunicó a su amigo Max Brod, en su carta-testamento de 1921, su deseo de que sus dibujos fueran destruidos junto a su obra literaria a su muerte. Aún hoy, la extensión de la obra dibujada de Kafka es un misterio. Se sospecha que varias cajas de seguridad en bancos de Zúrich y Tel Aviv pueden contener dibujos inéditos de Kafka. Pero las hijas de Ilse Esther Hoffe, asistenta de Max Brod, y herederas de su legado, se niegan obstinadamente a dar a conocer al mundo el contenido de las mismas.La editorial Sexto Piso publica ahora un precioso y cuidado volumen con la totalidad de los dibujos de Kafka conocidos y publicados a fecha de hoy -apenas una cuarentena- en edición de Niels Bokhove y Marijke van Dorst. Los editores han optado por presentar los dibujos asociándolos a fragmentos literarios procedentes de novelas, relatos, diarios o cartas del autor. El conjunto es extraordinariamente heterogéneo desde el punto de vista estilístico. Junto a la media docena de dibujos más conocidos hasta ahora, suerte de serie a la que Max Brod bautizó como “marionetas negras de hilos invisibles”, encontramos bosquejos procedentes de sus cartas y diarios, de cuadernos de apuntes de su época de estudiante, de postales y hojas sueltas que Max Brod fue conservando oportunamente. A tinta o a lápiz, casi todos ellos transmiten la sensación de estar dibujados espontáneamente, a vuelapluma, sin aparente trabajo preparatorio ni retoques o correcciones posteriores. Lamentablemente se desconoce la datación de la mayoría de las obras con lo que resulta extraordinariamente difícil apreciar la evolución de Kafka como dibujante. Uno estaría tentado de suponer que las “marionetas negras”, por su potencia visual y su contundencia en el trazo, fueron su obra de madurez plástica. Pero el mismo Kafka da al traste con toda conjetura cuando en una de sus cartas a Felice Bauer escribe: “Fui, en otro tiempo, un gran dibujante, pero comencé a tomar lecciones de dibujo escolar con una pintora mediocre y eché a perder todo mi talento”.Encontramos en el volumen dibujos que, por su increíble dinamismo, prefiguran la estética futurista. Hay también obras deudoras del Jugendstil de la revistaSimplizissimus. Encontramos un autorretrato a lápiz, duro y extraño, pero que sin embargo nos devuelve la exacta imagen que conocemos del rostro de Kafka a través de las fotografías. Hay una viñeta genial y exageradamente grotesca, titulada por el propio Kafka Solicitante y noble mecenas, una de las pocas que desbordan humor. En ciertas ocasiones Kafka opta por dibujar cuando, en sus cartas, reconoce que le será complicado hacerse entender mediante la palabra. Son encantadores, en este sentido, los dos dibujitos, casi diagramas, sobre las maneras de cogerse del brazo dos personas al pasear que le envía en 1913 a su prometida Felice Bauer. La mayoría de los dibujos comparten una cualidad angulosa, dura y nerviosa. Las seis “marionetas negras” revelan quizá una voluntad de estilo en plena consonancia con la vanguardia del momento en Centroeuropa, el expresionismo. La contundencia de la mancha negra y las posturas tensas, que no rígidas, de esas figuras alargadas son tremendamente modernas para su tiempo, pero también para el nuestro, cien años después. No en vano algunas de ellas se siguen usando aún como ilustración de portada para ediciones de sus obras.Kafka no fue un dibujante tímido o dubitativo. Sus dibujos tienen agilidad, intención y nervio. Y quizá podamos empezar a entrever algo de su actitud íntima hacia el acto de dibujar en las observaciones que hizo a Gustav Janouch en 1922 y que este recogió enGepräche mit Kafka: “Mis dibujos no son imágenes, sino una escritura privada”. Kafka fue, pues, también un precursor en pensar el dibujo como otra forma de escritura, una actitud que está precisamente hoy en el núcleo de las más interesantes aportaciones creativas de las últimas generaciones de dibujantes.

Dibujos. Franz Kafka. Edición de Niels Bokhove y Marijke van Dorst. Traducción de Fruela Fernández. Sexto Piso. Madrid, 2011. 144 páginas. 19,90 euros.

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